El terrier tibetano (Tibetan Terrier) arrastra desde hace cien años un nombre que engaña. Terrier no es: bajo tierra nunca trabajó, ningún registro lo sitúa entre los terriers y genéticamente queda junto a las razas asiáticas antiguas, no junto a los perros de madriguera europeos. Lo dice el propio estándar de la FCI: pese al nombre, no es un terrier, sino un perro pastor que de camino a China y de vuelta hacía además de guardián de las caravanas. Lo que sigue se apoya en documentos: tres estándares con sus contradicciones, la historia documentada frente a la leyenda monástica, cinco enfermedades hereditarias con nombre de gen y prueba de ADN, la longevidad medida y las inscripciones británicas. Más material sobre razas, en Tvaryny.
Ante usted hay un perro peludo, mediano y de formato cuadrado, con manto doble, pies grandes y redondos y temperamento de vigilante que no monta escándalos: inteligente, independiente, apegado a los suyos y reservado con los extraños. El trabajo diario del propietario no es el adiestramiento, sino el manto. Y la pregunta decisiva al criador no es el pedigrí, sino las pruebas de ADN de ambos progenitores.
No es un terrier: lo que dicen los propios registros
No es un matiz terminológico, sino un error de clasificación reconocido por los tres grandes registros. La FCI incluye la raza en el grupo 9, «Perros de compañía», sección 5 «Razas tibetanas», sin prueba de trabajo. El Kennel Club británico la mantiene en el grupo Utility y lo escribe sin rodeos en su ficha: no es un terrier, se empleaba como perro pastor de ovejas. El AKC la adscribió al grupo Non-Sporting ya al reconocerla, en 1973; tampoco a los terriers.
La formulación más contundente no viene de ningún crítico, sino del estándar FCI n.º 209. Su reseña histórica arranca diciendo que, pese al nombre, no es un terrier, sino un perro pastor que a la vez custodiaba a los comerciantes en ruta, y añade que cumplió esa tarea menos por su tamaño que por el temor reverencial con que se lo trataba.
La genética lo confirmó aparte. El trabajo de Janeš y colaboradores en Genetics Selection Evolution (2019) rechaza la hipótesis de partida: la de que la raza perteneciera al grupo de los terriers. Los autores señalan que esa adscripción se apoyaba en un juicio fenotípico superficial de unos pocos cinólogos de la primera etapa de la raza, y que no la sostienen ni los datos históricos ni los genéticos: en su análisis el terrier tibetano queda más cerca de las demás razas tibetanas que de cualquier terrier.
De dónde salió el nombre y qué le hizo a la raza
El nombre lo pusieron los europeos, y lo pusieron por el tamaño. En las primeras exposiciones británicas estos perros se presentaban incluso junto al lhasa apso bajo la denominación conjunta de «terrier de Lhasa»; así lo recoge el Kennel Club. El club estadounidense de la raza da el motivo sin adornos: terriers de verdad no eran, pero se los llamó terrier porque tenían el tamaño que en Inglaterra se asociaba con los terriers.
Después ocurrió lo que no suele contarse: el nombre equivocado no se quedó en etiqueta. En el trabajo de 2019 los investigadores señalan que fue precisamente por el uso erróneo de la palabra «terrier» por lo que los criadores cruzaron sus terriers tibetanos con algunos otros ancestros terrier. El nombre empezó así a reescribir la raza a su medida: primero se llamó terrier al perro por un parecido externo y luego se le mezclaron terriers auténticos para que encajara. Un error de nomenclatura llegó al acervo genético, y está documentado.
La leyenda de los monasterios: qué está probado y qué sigue siendo tradición
Las historias sobre los «perros de la suerte» de los monasterios circulan en cientos de versiones, y separarlas del documento solo exige leer las formulaciones. El estándar de la FCI, al describir la raza como el primitivo «perro sagrado del Tíbet», pone él mismo la reserva por delante: se cree que lo es. No afirma un hecho, transmite una convicción.
A la tradición, no a la historia documentada, pertenecen la idea de que nunca se vendían y solo se regalaban a huéspedes importantes; la creencia de que tratarlos mal ahuyenta la suerte; y el relato del «Valle Perdido», cuyo acceso habría cerrado un terremoto del siglo XIV. El AKC sigue dando los sobrenombres en ese registro: «el que trae la suerte» y «perro sagrado del Tíbet». Es bagaje cultural real, pero ninguna de esas fuentes se apoya en un documento tibetano: es tradición.
Aparte va la edad. La cifra corriente de dos mil años pasa de un texto a otro; el trabajo revisado por pares de 2019, al resumir las estimaciones disponibles, da otro orden de magnitud: unos 500 años. La diferencia es de cuatro veces, y conviene tenerla presente ante la etiqueta de «una de las razas más antiguas del mundo». Ascendencia profunda de los perros asiáticos primitivos la raza sí la tiene; la cifra de dos mil años, no.
Población tibetana nativa frente a la occidental: 0,07 frente a 0,24
Es la cifra más importante de la raza, y rara vez llega a las descripciones. Los investigadores calcularon los coeficientes genómicos de consanguinidad a partir de los tramos de homocigosis: la fracción del genoma autosómico que queda en segmentos largos e iguales por ambos lados. En la población occidental es de 0,24; en la nativa tibetana, de 0,07.
Casi una cuarta parte del genoma de un terrier tibetano occidental está en bloques homocigotos, frente a una catorceava parte en sus parientes tibetanos. La causa se nombra abiertamente: el cuello de botella extremo por el que pasó la población occidental al construirse con un puñado de perros. Junto a la magnitud es reveladora la longitud de esos tramos: en la occidental hay más genoma cubierto por bloques largos, y eso significa que la pérdida de diversidad es reciente.
Los autores escriben la consecuencia: el cuello de botella grave del comienzo trajo un aumento relativamente rápido de la consanguinidad y varios problemas hereditarios de salud. A la nativa tibetana ese mismo trabajo la sitúa entre las poblaciones caninas con menor consanguinidad, y por eso la llama un recurso genético valioso.
De ahí no se sigue que todo terrier tibetano occidental esté enfermo: una diversidad limitada no es un diagnóstico. Se sigue algo práctico: en una población con ese pasado las mutaciones recesivas aparecen con más frecuencia que en una diversa, y por eso aquí las pruebas de ADN de los progenitores no son un trámite. Más adelante hay un ejemplo: todos los casos de luxación de cristalino en perros británicos de la década de 1970 se remontaban a tres campeones nacidos a mediados de la de 1950.
Dónde se aparta el AKC de la FCI y qué significa para el comprador
Dos estándares describen la misma raza y se contradicen en tres puntos. No es un error de este texto ni motivo para elegir el registro «correcto»: es el estado real de los documentos, y a quien escoge un cachorro o prepara una exposición le conviene conocerlo.
| Rasgo | FCI n.º 209 | AKC (edición del 10/03/1987) |
|---|---|---|
| Pelo sobre los ojos | cae hacia delante, pero no sobre los ojos, y no estorba la visión | el «fall» de pelo cubre los ojos y la parte anterior del hocico; su ausencia es falta |
| Color | blanco, dorado, crema, gris o ahumado, negro, bicolor y tricolor; se admite cualquiera salvo chocolate, hígado y merle | se admite cualquier color o combinación, blanco incluido; no hay colores preferentes |
| Pies | grandes, redondos, sin arco; las palabras «planos» o «raqueta de nieve» no aparecen | «únicos en su forma entre los perros»: grandes, planos, redondos, con efecto de raqueta de nieve que da agarre |
| Arreglo del pelo | no se regula aparte | modelar, cortar con tijera, hacer trimming o rasurar son faltas graves |
La divergencia más reveladora es la primera. En muchas descripciones se lee que el pelo cae sobre los ojos para protegerlos del viento, el polvo y la nieve. Según la FCI eso es expresamente falso: el pelo debe caer hacia delante, pero no sobre los ojos, sin afectar a la capacidad de ver. El Kennel Club suprimió en su edición vigente la cláusula «no sobre los ojos» y dejó solo la exigencia de no estorbar la visión. El AKC, al contrario, exige que el pelo cubra los ojos y considera falta su ausencia. Una misma cabeza queda conforme al estándar en Nueva York y contraria a él en Bruselas.
La segunda divergencia pesa en la práctica. Si le ofrecen un cachorro chocolate, hígado o con dibujo merle como capa rara, para la FCI y el Kennel Club esa capa no está admitida en la raza, y precisamente el merle es el que suele caerse de la lista cuando se cuenta de memoria. Para el AKC, en cambio, la raza no tiene ningún color prohibido.
Y la tercera: los famosos «pies de raqueta de nieve». Esa palabra la emplea solo el AKC, que además llama al pie de la raza único en su forma entre los perros. La FCI y el Kennel Club lo describen de forma neutra: grande, redondo, con el perro apoyado del todo sobre las almohadillas y sin arco. Funcionalmente es lo mismo, una superficie de apoyo amplia y sin bóveda. Pero quien cite las «raquetas de nieve» como formulación de un estándar solo puede remitirse al texto americano.
Manto y color: qué se admite y qué no
El manto es doble. El subpelo, fino y lanoso; el pelo de cobertura, abundante y fino, pero ni sedoso ni algodonoso; largo, liso u ondulado, nunca rizado. La formulación coincide literalmente en la FCI y en el Kennel Club. El AKC añade dos detalles que faltan en los textos europeos: el pelo es largo, pero no debe llegar al suelo, y con el perro de pie sobre superficie dura debe verse luz por debajo. El pelo del cachorro es más corto, uniforme y por lo general más suave que el del adulto.
En cuanto al color, los estándares europeos enumeran blanco, dorado, crema, gris o ahumado y negro, más bicolores y tricolores, y luego dan la regla general: cualquier color salvo chocolate, hígado y merle. La trufa es negra con independencia del color del pelo.
Ojos: tres formas distintas de PRA y por qué «libre» no es una garantía

La atrofia progresiva de retina no es una enfermedad, sino un grupo de degeneraciones hereditarias de los fotorreceptores que acaban en pérdida de visión. En el terrier tibetano hay al menos tres causas genéticas distintas descritas, y por eso importa este apartado: el resultado de una prueba no cierra la cuestión.
La PRA3 se debe a la inserción de un elemento repetido corto y disperso cerca del sitio aceptor de splicing en un intrón del gen FAM161A. La inserción salta un exón, desplaza el marco de lectura y genera un codón de parada prematuro. La encontraron Downs y Mellersh en 2014, primero en el spaniel tibetano: un análisis de asociación de genoma completo sobre 22 spaniels enfermos y 10 controles llevó a una región de 3,8 Mb. La misma variante se detectó luego en terriers tibetanos. En 23 lhasa apso, entre ellos 9 con PRA, no apareció: la PRA3 se limita a dos razas tibetanas, y el lhasa apso, pese al parecido externo, no tiene nada que ver.
Lo más importante de ese trabajo son las cifras de nuestra raza. Los investigadores examinaron 76 terriers tibetanos, 12 de ellos con PRA. Homocigotos para PRA3 resultaron solo 4 de esos doce. De los ocho restantes, uno era heterocigoto y siete homocigotos para el tipo silvestre: «libres» según la prueba y enfermos a la vez. La concordancia entre genotipo y cuadro clínico fue del 33,3 por ciento. Y hay más: dos de aquellos ocho resultaron homocigotos para la mutación de otra forma, la rcd4. Los autores concluyen que la PRA de los seis casos restantes se debe a una tercera mutación aún no descrita por la ciencia.
Sobre la edad de aparición el mismo trabajo es prudente: la edad media de diagnóstico de la PRA3 es de 4,89 años, pero los autores advierten de que eso no estima la edad de inicio. Muchos propietarios no llevan al perro al oftalmólogo hasta notar problemas de visión evidentes, y entonces la degeneración está ya muy avanzada; el inicio real es probablemente bastante anterior.
La rcd4 es la segunda forma descrita en la raza: un desplazamiento del marco de lectura en un gen que antes se llamaba C2orf71 y hoy PCARE, de herencia autosómica recesiva. Se describió primero en el setter Gordon y en el setter irlandés, y en 2014 se halló la misma variante en el caniche grande y en el terrier tibetano. Empieza tarde, y por ese inicio tardío al perro le da tiempo a dejar descendencia antes de que se vea que algo va mal con los ojos.
La conclusión práctica suena incómoda, pero hay que decirla clara: unos resultados libres para rcd4 y PRA3 no garantizan que el perro no vaya a quedarse ciego por una PRA. Por eso el Kennel Club mantiene en su lista, además de las pruebas de ADN, el examen oftalmológico periódico según el esquema BVA/RKC/ISDS: un ojo mirado por un especialista ve lo que no ve ninguna prueba. Para el propietario, un calendario simple: revisión anual con el oftalmólogo, no un papel único del criador.
NCL: una mutación, una prueba y la trampa del inicio tardío
La lipofuscinosis ceroidea neuronal es una enfermedad neurodegenerativa progresiva: las neuronas y otras células acumulan cuerpos de depósito lisosómicos mientras el cerebro y la retina se atrofian. En el terrier tibetano se presenta en forma tardía, y la raza se convirtió para la ciencia en el modelo principal de la NCL de inicio tardío.
La causa la encontraron en 2011 dos grupos a la vez e independientes. El trabajo de Wöhlke y colaboradores en PLOS Genetics describe la deleción de un solo nucleótido, c.1620delG, en el exón 16 del gen ATP13A2: destruye un potenciador exónico de splicing, el exón 16 se omite en el procesamiento y la proteína pierde 69 aminoácidos. La herencia es autosómica recesiva. El Kennel Club llama a la prueba «NCL12», por el número de esa forma.
Los datos que lo sostienen: 24 terriers tibetanos enfermos y 1347 perros de la raza sin signos clínicos. El análisis de asociación de genoma completo se hizo sobre 12 casos y 7 controles, y el ligamiento se confirmó en 376 perros. Los 24 enfermos resultaron homocigotos para la deleción y los 35 portadores obligados, heterocigotos. En una muestra de 144 perros de 11 razas la mutación no apareció.
El cuadro clínico: los primeros signos visibles llegan a los 5–7 años, de media hacia los seis. El síntoma inicial más habitual es la pérdida de visión en penumbra con desorientación. Después el perro se vuelve nervioso o ansioso y se descoordina: le resulta difícil saltar a un sitio alto y subir escaleras. En fases tardías los propietarios describen convulsiones, de leves a graves. Tratamiento no existe.
El inicio tardío es lo que hace la enfermedad tan peligrosa: el perro vive varias temporadas de cría antes de que sea evidente que está enfermo, y así parte de los predispuestos entra en la cría y deja descendencia. Por eso la prueba de ADN trabaja aquí menos para el diagnóstico que para la planificación del cruce: señala al portador años antes de que la enfermedad se declare. Un efecto colateral inesperado: las mutaciones del mismo gen causan en el ser humano el síndrome de Kufor-Rakeb, y los terriers tibetanos enfermos se volvieron un modelo valioso para estudiar esa rara enfermedad neurodegenerativa.
Y aquí se ve que las pruebas funcionan, no solo que deberían. El club alemán de razas tibetanas implantó la prueba de ADN en 2010, y unos años después los investigadores hicieron balance: analizaron muestras de 1120 de los 1240 terriers tibetanos inscritos, el 90,3 por ciento del efectivo, incluidos 405 de 420 perros de cría, el 96,4 por ciento. Antes de la prueba, la frecuencia del alelo mutado era de 0,20 en la población inscrita y de 0,28 entre los reproductores; después cayó a 0,09 y 0,14. En pocos años la condición de portador en el núcleo de cría se redujo a la mitad, sin descartar líneas y sin perder diversidad, solo con una selección atinada de las parejas.
Luxación de cristalino (PLL): el caso en que el portador tampoco está a salvo
La luxación primaria de cristalino es dolorosa y potencialmente cegadora: las fibras que sujetan el cristalino se rompen y este se desplaza. Por lo común pasa inadvertida hasta que se desplaza en un ojo; en el segundo suele haber ya un desplazamiento parcial que en semanas o meses se completa. Lo más frecuente es que vaya hacia delante, tape la pupila y el drenaje del humor acuoso, y de ahí sale un glaucoma agudo: una situación que se cuenta por horas y no por días.
La causa se conoce: la mutación c.1473+1 G>A en el gen ADAMTS17, que destruye el sitio donador de splicing en el intrón 10. La herencia es autosómica recesiva. En 2011 Gould y colaboradores examinaron 121 perros de 30 razas con PLL clínica y encontraron esa mutación en 14 razas más, además de las tres ya descritas. El terrier tibetano figura en esa lista.
Y ahora el detalle por el que este apartado merece atención. En la mayoría de las enfermedades autosómicas recesivas el heterocigoto es solo portador: no enferma, y el riesgo aparece únicamente al juntarlo con otro portador. Con la PLL no ocurre así. Los autores del mismo trabajo detectaron un riesgo aumentado de luxación de cristalino asociado precisamente a la heterocigosis para ADAMTS17, y concluyeron que los portadores corren un riesgo propio, pequeño pero real. En la práctica, el resultado «portador» no es aquí motivo para relajarse, sino para mantener al perro bajo control oftalmológico y conocer los signos: enrojecimiento repentino del ojo, opacidad, dolor, cambio de conducta.
La enfermedad tiene además una historia genealógica documentada que muestra cómo actúa un cuello de botella estrecho. Unos investigadores británicos analizaron 20 casos de luxación de cristalino en perros de cría británica más siete de Suecia. Los datos resultaron compatibles con herencia autosómica recesiva simple, y la consanguinidad de los afectados era de media del 14,3 por ciento. Lo esencial es otra cosa: todos los afectados se remontaban por ambos lados del pedigrí a uno o varios de tres animales nacidos a mediados de la década de 1950, y los tres eran campeones de la raza. Los cruces repetidos entre presuntos portadores dieron 25 casos de luxación de cristalino por 121 descendientes. Los autores señalaron ya entonces que la edad de inicio, de tres a cinco años, hacía inservibles los cruces de prueba; hoy esa brecha la cierra la prueba de ADN, que en 1979 no existía.
Articulaciones, pruebas y qué piden los clubes antes del cruce
La displasia de cadera se sigue de forma sistemática, y aquí no hay impresiones, sino cifras. El esquema británico BVA/KC, en su resumen de 2024, da para el terrier tibetano: 1863 perros valorados en los últimos quince años; 417 en los últimos cinco; 62 en el propio 2024. La mediana de puntuación es de 10 tanto en la ventana de quince años como en la de cinco, y la media, de 12 en ambas. La dispersión es grande: en la ventana de cinco años el mínimo es 0 y el máximo, 81.
En este esquema la puntuación más baja es la mejor, y la recomendación es clara: van a la cría perros con una valoración en torno a la mediana de la raza a cinco años, y mejor por debajo. La BVA advierte de que la displasia es multifactorial: incluso de progenitores con buenos valores puede nacer un perro con mal resultado, y seleccionar por valores inferiores a la media reduce la incidencia, pero no la elimina.
Lo que un criador debe tener en la mano antes del cruce lo enumera el Kennel Club en dos niveles.
| Nivel | Pruebas |
|---|---|
| Mínimo («Good Practice») | prueba de ADN de lipofuscinosis ceroidea neuronal (NCL12) · prueba de ADN de luxación primaria de cristalino (PLL) · prueba de ADN de atrofia progresiva de retina de la forma rcd4 · prueba de ADN de enanismo hipofisario (DP-LHX3) · valoración de caderas según el esquema BVA/KC |
| Adicional («Best Practice») | prueba de ADN de atrofia progresiva de retina de la forma PRA3 · examen oftalmológico según el esquema BVA/RKC/ISDS |
Un punto de la lista pide explicación aparte, porque resulta inesperado. El enanismo hipofisario se conoce sobre todo en el pastor alemán, y allí la causa es una deleción de 7 pares de bases en el intrón 5 del gen LHX3. En 2021 se describió la misma mutación en terriers tibetanos: tres cachorros enanos de tres camadas emparentadas eran homocigotos y todos sus progenitores, portadores, lo que confirmó la herencia autosómica recesiva. El enanismo es aquí proporcionado: el cachorro nace normal, luego deja de crecer y de ganar peso al ritmo de sus hermanos de camada, y el pelo suave de cachorro no llega a cambiar por el de adulto. En una raza de manto doble ese signo es muy visible y suele ser el primero que pone en guardia al criador.
La lista es cómoda: convierte la conversación con el criador en una comprobación por puntos. «¿Están sanos los padres?» no tiene respuesta; «enséñeme los resultados de las cinco pruebas de la primera fila» sí la tiene. Conviene saber además que los resultados se publican en el buscador abierto del registro: se pueden comprobar por cuenta propia en lugar de fiarse de una palabra.
Otra referencia del mismo registro: en el sistema Breed Watch, que avisa a los jueces de riesgos raciales ligados al exterior, el terrier tibetano está en la primera categoría; no se han definido para la raza puntos de preocupación que exijan del juez atención especial más allá del estándar.
Cuánto viven los terriers tibetanos
Conviene distinguir dos cosas: la cifra que publica un registro y la que ha dado una medición. El AKC indica en su ficha una esperanza de vida de 15–16 años. Es la declaración de un registro, no el resultado de un estudio.
Medición hay, y es grande. El trabajo de McMillan y colaboradores, publicado en Scientific Reports en 2024, se basa en una cohorte británica de 584 734 perros, 284 734 de ellos fallecidos, y abarca 155 razas. Para el terrier tibetano recoge 1947 perros vivos y 583 muertes, y la mediana de longevidad es de 13,8 años, con un intervalo de confianza del 95 por ciento de 13,5–14,2. Para comparar: en los mestizos la mediana del mismo estudio es de 12,0 años, y en el spaniel tibetano, de 15,2.
Hay una segunda medición independiente, y da una cifra algo distinta, lo cual muestra cuánto pesa la forma de contar. El análisis de la red británica de estadística veterinaria SAVSNET, publicado ese mismo año 2024, da para la raza una edad mediana de muerte de 12,81 años, con un intervalo de confianza de 12,53–13,09 y 75 animales en la muestra. La diferencia no es un error: el primer trabajo calcula una curva de supervivencia sobre una cohorte donde entran también perros vivos; el segundo toma la edad mediana de los registrados como fallecidos en clínicas de práctica primaria. Denominadores distintos dan cifras distintas sobre la misma raza, y es más honesto mostrar las dos que quedarse con la más cómoda.
La referencia realista para un propietario es, pues, de unos trece a catorce años, y no de dieciséis: mucho para un perro, y algo menos que en su pariente tibetano más cercano. Al trabajo británico le siguió una corrección de los autores, pero afecta solo al pie de una figura y no cambia las cifras de la raza.
En qué se diferencia del lhasa apso y del shih tzu

Estas tres razas se confunden a menudo, y desde antiguo: en las primeras exposiciones británicas el terrier tibetano y el lhasa apso se presentaban bajo un mismo nombre. Origen común lo tienen: la población tibetana nativa participó en la formación del acervo genético del lhasa apso, el shih tzu y el spaniel tibetano. Pero las diferencias no son cosméticas.
- Tamaño y formato. El terrier tibetano es un perro mediano de formato cuadrado, con machos de 36–41 cm a la cruz. El lhasa apso y el shih tzu son claramente más bajos y de cuerpo más alargado.
- Construcción de la cabeza. La diferencia más reveladora, y fijada en datos: en el estudio británico de longevidad el terrier tibetano y el spaniel tibetano figuran como mesocéfalos, con el hocico de longitud normal, y el lhasa apso y el shih tzu como braquicéfalos. Su hocico es «fuerte» según el estándar, y su longitud del ojo a la punta de la nariz equivale a la del ojo al occipucio.
- Longevidad. En ese mismo estudio la mediana del terrier tibetano es de 13,8 años y la del spaniel tibetano, de 15,2.
- Enfermedades oculares. La forma PRA3 se ha detectado en el terrier tibetano y en el spaniel tibetano, pero no en el grupo examinado de 23 lhasa apso. La lista de pruebas de ADN no es intercambiable entre estas razas: exigir «las mismas pruebas que en el lhasa apso» no tiene sentido.
- Necesidad de ejercicio. La FCI señala que esta raza es más viva que las demás tibetanas del noveno grupo: más paseos y más trabajo mental de lo que se espera de un perro «decorativo» de ese tamaño.
Cómo de rara es la raza hoy
La estadística británica de inscripciones da la imagen más precisa, porque el Kennel Club la publica cada año para cada raza. El terrier tibetano ha perdido efectivos de forma notable en diez años.
Cómo de rara es la raza hoy · 10
| Año | Inscripciones en el Kennel Club |
|---|---|
| 2016 | 1378 |
| 2017 | 1125 |
| 2018 | 1262 |
| 2019 | 1105 |
| 2020 | 1004 |
| 2021 | 1146 |
| 2022 | 1011 |
| 2023 | 740 |
| 2024 | 702 |
| 2025 | 593 |
En una década las inscripciones anuales se han reducido más o menos a la mitad, con la caída principal tras 2022. Para comparar: en 2025 la misma tabla da 1124 inscripciones al shih tzu, 525 al lhasa apso y 104 al spaniel tibetano. En Gran Bretaña el terrier tibetano es hoy más numeroso que el lhasa apso y bastante más que el spaniel tibetano.
Pese al descenso, la raza no figura en la lista británica de native breeds vulnerables, por dos razones independientes. La lista abarca solo razas de origen británico e irlandés, y el terrier tibetano viene del Tíbet. Y por número está por encima de los umbrales: a «bajo vigilancia» pasan las razas con 300–450 inscripciones al año, y a vulnerables, las que no llegan a 300. El propio Kennel Club responde «no» en el campo de native breed vulnerable de la ficha.
La consecuencia para el comprador es sencilla: perros de esta raza no hay muchos, y la lista de espera de un criador responsable puede ser larga; es normal. Peor escenario: llevarse un cachorro de donde lo entregan de inmediato y sin los resultados de las pruebas que el registro enumera una por una.


